Muchas veces las cartas son más que hitos en el trayecto; son el trayecto mismo.
Decir, expresar, ponerle palabras a los sueños, los deseos y las pasiones, es también verificarlos y rediseñarlos. La carta ha sido desde tiempo prebíblicos un apreciado género literario. Como nos pasa muchas veces - cotidianamente - confundimos el objeto con su envase y lo llamamos email, pero el correo electrónico no es el mensaje, ni siquiera el medio - y aún si lo fuera, no hay por qué tomarse a Macluhan al pie de la letra -, sino apenas el soporte físico de la carta.
Decimos "te mando un mail" como antes decíamos "te pego un tubazo" - cosa que, oída por algún hispanohablante de afuera del Río de la Plata, sonaba a una violenta amenaza - pero en realidad hablamos o escribimos, siempre.
Por eso creo que es buen ejercicio escribirse cartas, verdaderas cartas, como si repitiéramos el rito de doblarlas luego, meterlas en un sobre y ponerlas en el correo o el buzón o, cuando es más temprano en la vida, sobre el pupitre o entre los libros del destinatario, que está ahí cerca y tan lejos a la vez.
Escribirse cartas-cartas, pensando que el único tiempo que el ciberespacio reduce es el del transporte, pero no obligadamente el de la escritura, ya sea del mensaje original o de su respuesta.
La carta, la epístola, al recobrar su potencia polimorfa de confesión reflexiva, de pasión desencriptada, de texto abierto - texto, textura, tejido - sobre el cual el otro reescribe y reteje y agrega otros colores y nuevas hebras, tiene además del valor del testimonio, de lo que queda escrito y atesorado, y así puede ser más tarde otra vez descifrado y resignificado.
La carta, como el libro, tiene superficie, tiene perfume, sensualidad.
Como el grafito en la pared del subte, la carta tiene un autor y un destinatario, pero muchísimos testigos potenciales. Es cierto que, a diferencia del brevísimo y anónimo grito de ingenio, de bronca o de ingenua obscenidad que se derrama sobre el muro, la carta es en principio privada, secreta. Sin embargo, se escribe, se lee y se guarda, como si fuera inevitable la presencia de un testigo invisible, un amigo guardián, primero impersonal como un duende pero alguna vez con la cara y la voz de un aliado en la confesión.
Quizás inconscientemente queremos perdurar y trascender en la carta y por eso, cuando escribimos, lo hacemos no sólo para el destinatario sino para nosotros mismos; estamos construyendo un legado. Podrá disolverse en el tiempo o desvanecerse en las circunstancias pero hoy, ahora, cuando escribimos, es un legado para siempre, hecho con menos arte pero no con menos celo que el que pone un artista al extraer una estatua de la piedra.
¿Qué legados podría arrojar una carta?
Dejar constancia, por ejemplo, de un encuentro azaroso que se transformó en un vínculo rico, íntimo y profundo.
De una hoja que el viento arrojó a la ventana de uno y que trajo, escondida, una flor preciosa.
De unos corazones semicerrados y aún anegados de recuerdos imborrables, de anhelos vagos y a veces ambiguos, de dolores vigentes y esperanzas difusas, que pudieron abrirse al soplo de otros vientos, al enlace de conexiones nuevas e inolvidables.
Del descubrmiento de lo olvidado o renegado, y su puesta en valor y en vigencia. La carta como una barca que cruza el Río Leteo en dirección contraria.
De que esa noche de cuerpos abrazados y pieles abrasadas y sudores mezclados fue tan inolvidable que merece el pasaje de las sábanas al papel.
De que uno puede sentir, visceralmente, que lo que podría haber pasado por una anécdota fugaz devino en un nuevo capítulo de esa novela apenas esbozada.
Dejar para los hijos el registro de ese amor absoluto e incondicional que uno siente hacia ellos para siempre.
Develar para los cronistas futuros esos miedos inconfesables, esas rabias políticamente incorrectas, aquella dulce borrachera trasnochada que no tuvo testigos, la lista de los traidores y de los mediocres que era imposible denunciar en su momento, la larga lista de disculpas a todos a los que lastimamos y a quienes nuestro orgullo empacado nos impidió pedirles perdón, la lista de los amores que no nos animamos a amar.
Entonces uno siente que las cartas, libradas de la presión y de la urgencia de la mensajería instantánea, pueden traernos también, de un modo diferente, las noticias del día, la crónica de esa cotidianeidad que deja de ser simple rutina en el mismo momento en que se convierte en palabras para ser leídas y guardadas.
Sí, estas cartas no son sólo mapas, sino hitos, baldosas de un trayecto. Un camino compartido. Un huella abierta entre dos y transitada de a muchos.
3 comentarios:
Me encantó tu blog y los temas que abordás!
Salu2
Que lindo lo que escribís sobre las cartas! Me transporta a mi juventud. Es cierto,no son lo mismo que un mail. El papel ,la escritura. Se pueden guardar y perduran.
Ana.
Sobre las cartas de amor...
Alberto Manguel, Breve tratado de la pasión México, 2008)
Prólogo :
"A finales del año 2005, en la ciudad de Metze tuvo lugar un juicio extraño. Ante el tribunal, una abogada cuyo nombre no conocemos presentó una demanda contra uno de sus colegas quien, entre mayo de 2002 y diciembre de 2003, le había escrito más de ochocientas cartas de amor. Como prueba del acoso depositó ante el azorado juez un gran bolso de plástico repleto de encendidas misivas, cada una de las cuales empezaba con las mismas dos palabras: “Amor mío”. “Me sorprende –comentó el procurador- que con tanto ardor, el bolso no se haya consumido solo”.
(…)
Quien se enamora procede de una de dos maneras: calla y sufre o, por el contrario, busca proclamar su amor, hacer que aquel o aquella que lo ha trastornado sepa que es la causa, la fons et origo de su arrebato. En este último caso, es frecuente que el enamorado escriba. Cartas o poemas, da igual. El enamorado busca en las palabras decir lo indecible.
Los científicos han tratado de reducir a fórmulas químicas la atracción erótica. Parece ser que ciertas moléculas llaman a otras: un olor, una forma, un gesto forman lazos invisibles con otros gestos, formas, olores. No es Dante quien se enamora de Beatriz: es un aminoácido de Beatriz, una enzima, un conjunto de proteínas segregado por una de sus sin duda hermosas glándulas, que causa el relámpago apasionado. Desde la Antigüedad, hemos intuido esta razón prosaica y hemos elaborado afrodisíacos rarísimos con la esperanza de provocar artificialmente el arrebato erótico. A Ovidio, las fórmulas y los sortilegios le parecen inútiles; en su Arte de amar aconseja en cambio las cocciones de ortiga y polvo de cerusa, la espuma de nitrato rojo y el lirio de Iliria, como también una sopa de algas con las que el alción hace su nido.
Más sencillas, más prácticas, menos espectaculares, las cartas y poesías amorosas buscan en la combinación mágica de letras el mismo resultado: hacer que la persona a quienes van dirigidas se enamore del autor del texto. (Quizá sea éste el secreto propósito de todo escritor, el de convertir al lector en enamorado, en cuyo caso la literatura no sería más que una larga carta de amor dirigida a un vasto público de Dulcineas y Romeos…). Lo cierto es que, en verso o en prosa, estas declaraciones de amor son antiquísimas, ya que el deseo de ser amado es tan viejo como el de poseer oro y enormes rebaños. Eso explica que los primeros ejemplos de escritura cuneiforme sean informes contables y poemas amorosos.
Una carta de amor, un poema erótico, no es nunca inocente. Para el enamorado, la letra escrita es de doble filo ya que, si escribir sobre el amor alivia las penas que el dios Eros inflige con sus flechas en nuestro pobre corazón, leer textos amorosos agudiza su poder.
(...)
¿Qué revela un texto amoroso? ¿La identidad del amante o la del amado? ¿La voz de la que lee o de la que escribe? Quizá ni uno ni otro: es una tercera persona la que aparece, esa “amada en el amado transformada” que buscaba san Juan de la Cruz. Chateaubriand, en su Vida de Rancé, sugiere que en “la correspondencia particular de dos personas que se han amado, no aparecen ya dos seres humanos, sino es el ser humano el que se ve”. Es posible que en un texto amoroso perdamos algo de nuestra singularidad, de nuestro egoísmo, para acceder a un estado plural, a una existencia compartida, generosa. Somos quienes somos, pero sólo porque el otro existe, ese otro que a su vez cobra realidad como fantasma de nuestro deseo. Como entre un autor y su personaje, entre quien ama y quien es amado se crea una red de correspondencias, de aliento mutuo, de espejos halagadores, que se impone a la mera realidad del mundo que llamamos real. Todo texto amoroso es una declaración de fe y propone a su autor y a su lector el pacto que el Unicornio propone a Alicia al otro lado del espejo: “Bueno, ahora que nos hemos visto, si crees en mi, yo creeré en ti. ¿Trato hecho?”.
Lo cierto es que las cartas y los poemas de amor revelan nuestras identidades al mundo de la manera más íntima posible: no sólo como individuos con nuestras propias locuras, tristezas y pasiones sino, sobre todo, como miembros de la misma esforzada estirpe, seamos víctimas de un primer encuentro como Dante o expertos amadores como Casanova. Paradójicamente, cada vez que nos enamoramos, ese acto único, singular, inimitable, es el que nos otorga una suerte de denominador común repetido desde aquel primer encuentro en algún remoto jardín. Una lectura detenida de la literatura amorosa sugiere que, más que homo sapiens (epíteto que necesita aún ser comprobado) y homo ludens, somos homo amans, una especie definida por nuestra capacidad de enamorarnos.
“Más que los besos, son las cartas las que unen las almas”, escribió John Donne en el siglo XVI. Pero la unión de las almas no es la única misión de la correspondencia amorosa. Ser sus lectores alienta también nuestra vocación de voyeur. Ya que sabemos que esa poesía, esa carta no nos estaba destinada, nos convierte al leerla en tácitos chismosos, en invisibles partícipes espiando por el ojo de la cerradura el intercambio amoroso de una pareja de la cual no formamos parte. Nosotros, que juzgaríamos con horror la indiscreción de escuchar detrás de una puerta los juegos eróticos de nuestros vecinos, aceptamos tranquilamente abrir (por así decirlo) la correspondencia privada de un Joyce o de un Miguel Hernández para enterarnos de aquello que, en su rol de amantes, susurraban al oído de sus amadas.
Nuestro gusto algo perverso por conocer lo que Corín Tellado llamaba “secretos de alcoba” ha transformado estos escritos en un género literario específico. Como todo poema, toda carta de amor propone un resumen personal del mundo; como toda carta todo poema de amor tiene un destinatario, sea éste una persona de carne y hueso o la sublimada ilusión del poeta. Para satisfacer a su implícito público, cartas y poesías de amor tienen sus misteriosas reglas que algunos aprenden pero que nadie puede enseñar: las hay buenas y malas, las hay encantadoras y las hay viles, poderosas y débiles, cómicas y dramáticas. Sus virtudes no dependen ni de su época, ni de las circunstancias de su composición, ni siquiera del genio literario de su autor. Es por eso quizá que los griegos representaban al dios Eros con los ojos vendados.
Es por eso, pienso, que una selección de cartas y poesías de amor no debe responder a un orden demasiado visible. Por el contrario, debe permitir una lectura casual, azarosa, que confunda épocas y nacionalidades, edades y sexos, y en la que poco importe quién pronuncia la declaración de amor y quién la acepta o la rechaza. Tal selección pudiera poder leerse como el largo correo amoroso entre dos personajes que no requieren otros nombres que Amado y Amante, y cuya historia, compartida con el lector de carta en carta y de poema en poema, acabaría dando una idea aproximada de la sorprendente variedad de nuestros encendidos corazones".
Alberto Manguel
Mondion, 2007
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