La calavera de Yorick en la escena equivocada: ¿El "meme" originario?

Tesis: Poner el cráneo de Yorick en manos de Hamlet en el monólogo de otra escena es el primermeme  de la modernidad.

Marco teórico (Afanado, canibalizado y cutipasteado por fiaca. Las citas de Dawkins no implican necesariamente adhesión) :

Un meme (o mem) es, en las teorías sobre la difusión cultural, la unidad teórica de información cultural  transmisible de un individuo a otro, o de una mente a otra, o de una generación a la siguiente. Es un neologismo acuñado por Richard Dawkins en El gen egoísta (The Selfish Gene), por la semejanza fonética con «gene» —gen en idioma inglés— y para señalar la similitud con «memoria» y «mimesis».


Para el conjunto de los memes se dan las características propias de todo proceso evolutivo: fecundidad (algunas ideas son especialmente efectivas), longevidad (persisten durante mucho tiempo) y fidelidad en la replicación (conservadurismo tradicional, especialmente el enseñado como parte de la educación infantil).   


A su vez, los memes se dan en un amplio campo de variación, se replican a sí mismos por mecanismos de imitación y transmisión de cerebro a cerebro y engendran un amplio abanico de copias que subsisten en diversos medios

El medio de transmisión es la influencia humana de diversa índole, palabra escrita, hablada, el ejemplo personal, entre otros.

Un fenómeno  o meme de Internet es una idea que es propagada a través de la web. La idea quizás toma la forma de un hipervínculo, video, imagen, página web, hashtag, o sólo una palabra o frase. El fenómeno quizás se comunica de persona a personas a través de las redes sociales, blogs, correos electrónicos, fuentes de noticias u otros servicios web.

Los memes pueden evolucionar y comunicarse extremadamente rápido, algunas veces alcanzando una popularidad mundial y desapareciendo en pocos días. 

Entorno fáctico o corpus: 

1. Desde un tiempo que no me he tomado el trabajo de rastrear y confirmar, en todo el mundo aparecen referencias caricaturescas a Hamlet, donde en el monólogo o solioquio del Acto III, Escena 1, que  comienza "To be or not to be/ that is the question", se lo ve al príncipe de Dinamarca sosteniendo en su mano un cráneo. El cráneo - desenterrado por el propio Hamlet - corresponde a OTRO sololiquio, en el Acto V, Escena I, donde Hamlet - en el cementerio de una iglesia - dice, frente a Horacio y los dos payasos, "Let me see...Halas, poor Yorick. I knew him, Horatio: a fellowof infinite jest, of most excellent fancy"

Pese a las recurrentes observaciones pronunciadas desde los ámbitos culturales, literarios o académicos acerca de este error memético, basta con que un estudiante de medicina o un escolar primario en clase de biología vea una calavera para que la tome y eructe,  con pomposa insignificancia: Tu bí or not tu bí. Más aún, todavía hoy se ve a Hamlet con una calavera en la mano diciéndose a sí mismo "ser o no ser" en avisos publictarios de TV o revistas.

2.  Los spam y hoax, desde la desaparición de la falsa Ashley Flores hasta la búsqueda de testigos de un accidente vial que no ocurrió, pasando por el cese de la gratuidad de hotmail y Facebook, los desaparecidos de la dictadura que fueron vistos desayunando en el Café de la Paix de París y los Celtas que sacrificaban niños en la fiesta de Shamhain.

3. La persistencia de una mala idea. El spam tiene poco más de dos décadas. El meme Yorick debe tener al menos dos  siglos, y hasta tres.

Conclusión: El sincretismo vulgar entre los actos III y V de Hamlet es el Gran Meme Malo, el Meme Erróneo Matriz de la Modernidad. Por lo tanto, mientras se siga imitando el recitado de Tubí ornót tubí con un cráneo en la mano, Ashley Flores permanecerá secuestrada y las escuelas de Texas, Colorado y Winsconsin seguirán repartiendo mapas donde se ve al Amazonas como territorio de dominio estadounidense.

Halas, poor Tim Berners-Lee, I knew him... 



Ensayo sobre la conspiración









Como todos saben, Osama Bin Laden no está muerto, o en realidad nunca estuvo vivo, o más bien murió hace 20 años, pero en todo caso explota, junto con Alfredo Yabrán, que tampoco está muerto, un casino en St Lake City, Utah, donde están prohibidos, pero que trabaja con protección de la CIA, cuyo intermediario es Elvis Presley.

Pero todo esto es una fachada.

Quiero decir, entonces, algunas cosas que supe desde siempre pero que no me atrevía a contar. Ahora, gracias a la contención, la sinergia y la solidaridad protectora de esta blogósfera, pronunciaré aquí - y sólo aquí - las grandes verdades que los poderosos quieren ocultar:

Cristóbal Colón no encontró casualmente Guanahani en una búsqueda del camino a Oriente por Occidente. Sabía adónde se dirigía porque hubo un previo viaje secreto: Fue un príncipe lucayo, Ersunzuma, quién viajó a España cruzando el Atlántico y desembarcó en Palos de la Frontera, en mayo de 1491, con un cargamento de papas y maíz para la Corona, abocada en esos momentos a los últimos esfuerzos por expulsar al Moro. Fernando de Aragón conoció de la boca de Ersunzuma la existencia de tierras allende el océano, y al año siguiente encomendó a Colón el viaje de "descubrimiento". El príncipe caribeño acompañó a Colón, pero con su identidad oculta y usando el nombre de Rodrigo de Triana, un mendigo que había muerto en la cárcel de La Gomera, en Canarias. Colón, quien en su tercer viaje probó el cacao mágico de la ribera del Orinoco, se hizo inmortal, y vive desde entonces en un palacio en el East Village, Nueva York, desde donde maneja el imperio de comics Marvel.

Elvis Presley está vivo y tiene un viñedo en el Valle de Uco, Mendoza, Argentina. Pero sus mayores ingresos provienen de su temprana asociación con Colón - el Rey le dice Captain Columbus frente a los subordinados y Toffy, por Christopher, en privado - y su desempeño como director creativo de Marvel.

Paul McCartney murió en 1969, como lo revela su foto descalzo en la portada de Abbery Road. Fue el primero de los cuatro Beatles en partir. Pero desde entonces canta, graba y pasea por los escenarios del mundo convertido en un holograma creado y sustentado por Marvel, en su división Rock & Pop Worldwide. Las regalías del McCartney holográfico son la segunda fuente de ingresos del grupo Marvel. La primera son los comics, que los ministerios de Educación de todo el mundo imponen como lectura obligatopria.

León Trotsky sobrevivió al ataque de Ramón Mercader. Colón, que visitaba entonces de incógnito Coyoacán, le llevó furtivamente chocolate mágico del Orinoco a Trotsky al hospital de la Cruz Verde y lo hizo inmortal. Desde entonces, Trotsky trabaja para la CIA, en cuyo pay roll figura como Bronstein, Leon, al tiempo que dirige la sección de comics de espionaje de Marvel.

Colón, Trotsky, Elvis Presley y Linda McCartney - quien aportó fondos del imperio Kodak, de la familia Eastman - dirigieron la puesta en escena del falso alunizaje de la Apollo 11 en el desierto de Mojave, en julio de 1969. Los astronautas Armstrong, Aldrin y Collins fueron muertos con veneno para que no pudieran revelar la historia. Marvel creó sus hologramas, junto con el de Paul, para que los sobrevivieran. Linda Eastman no falleció de cáncer; fue asesinada porque quería confesar la verdad. Sabía demasiado.

Marvel no es una división de la CIA. Es al revés, la totalidad de los recursos presupuestarios en negro de la CIA provienen de Marvel. Colón, Trotsky y Elvis Presley dominan al mundo, con gerenciamiento de Steven Spielberg y guión de Fuerza Bruta.

Si algo llega a ocurrirme, hablen con mi abogado en Nueva York, Robert Kennedy. Sí, Bob también está vivo y, como corresponde, trabaja para el bando Republicano.

Cromañon, de la reponsabilidad penal a la social

La revisión de los fallos por la tragedia de Cromañón ha puesto las responsabilidades criminales en un punto prudente y alejado de la presión y la expectativa social, tanto al cambiar la figura de estrago doloso a culposo para el empresario Omar Chabán- quien había recibido en 2009 una pena superior a la que se aplicó al general genocida Roberto Viola (17 años) en 1985 -, como al condenar a los miembros del grupo musical Callejeros.

A punto de establecerse definitivamente las responsabilidades penales es hora – ya lo era antes, pero ahora se torna imperativo – de investigar las responsabilidades sociales y culturales, las estructuras, modelos y conductas difusas que, vigentes, actúan como factores y aceleradores de probables nuevas tragedias.

Las preguntas que aún deben responderse son:

¿Por qué queda abolida en cientos de jóvenes la percepción de peligro, al punto de ingresar a un local triplicando su capacidad y sin que su instinto de conservación les avise con algún síntoma?

¿Por qué en las semanas siguientes a Cromañón se hicieron centenares de fiestas privadas en casas y petit hoteles – en las fiestas privadas no hay regulación y están fuera del alcance de los poderes públicos -, donde se apretujaban 200 personas en 100 metros cuadrados y se encendían bengalas en los patios y balcones? ¿Por qué, una vez que se reabrieron los boliches, esas fiestas privadas suicidas menguaron pero no desaparecieron, hasta hoy?

¿Por qué hubo chicas y muchachos que llevaron a Cromañón sus bebés y niños para depositarlos en los baños improvisados como guardería?

¿Por qué los espectadores que no ingresaron y estaban en los alrededores recibieron a cascotazos a los policías que acudieron por el incendio?

¿Por qué sabotearon los servicios del SAME cambiando las banderas del triage – los colores que identifican por gravedad y prioridad a los heridos -, provocando así que fueran cargadas en las ambulancias víctimas muertas y que se dejara morir en la calle a víctimas con oportunidad de sobrevida?

¿Por qué alguna prensa underground trataba a los Callejeros y a la basura que cantaban como adalides de un nuevo y subversivo rock? ¿Por qué esa misma prensa trataba a estos “patricios” como abanderados de los humillados y recién a dos años de la tragedia empezaron a “descubrir” que eran sólo unos niños bien patoteros que hacían demagogia con la “negrada”? Este descubrimiento llevó a que los empezaran a llamar “Cashejeros”- con acento de clase alta tilinga - como si antes hubieran sido otra cosa.

¿Por qué cientos de “fans” celebraron su absolución en primera instancia sin advertir la traición de sus ídolos?

¿Por qué parte de los artistas e intelectuales porteños trataron a Chabán como una víctima, cuando era muy conocido que siempre fue avaro y miserable, y confesaba que si invertía en las debidas precauciones de seguridad no le cerraban los números?

¿Por qué siguieron sosteniendo si inocencia después que se probó el soborno a la Comisaría?

¿Por qué, en el otro extremo, otros intelectuales y políticos demonizaron a Chaban hasta hacerlo aparecer como un monstruo incendiario y genocida que deliberadamente provocó el incendio y las muertes? ¿Hasta que punto esta presión social influyó para que el Tribunal Oral condenara a Chaban por “estrago doloso” –como si a prepósito hubiese desatado el incendio para, por ejemplo, cobrar un seguro – y no por su gravísima negligencia? ¿Qué lógica imperó para que un mismo fallo presentara tanta desproporción entre la pena agravada para uno de los responsables y la absolución de los otros, acaso una suerte de “empate compensatorio” más acorde con la demanda social que con el principio de justicia?

¿Por qué las fuerzas políticas a izquierda y derecha coincidieron en convertir el desproporcionado juicio político a Aníbal Ibarra en una carnicería escénica, cuando nunca antes siquiera se insinuó en la Argentina el juicio político a gobernadores por casos extremos como motines sangrientos en cárceles o desastrosas inundaciones debidas a negligencia grave?

¿Por qué los familiares de las víctimas reclaman para sí, además de sus justos derechos, insólitos privilegios morales y jurídicos sin que nadie se atreva a someterlos a la sana crítica? ¿Por qué doscientas familias se consideran con derecho a mantener cerrada una calle de circulación principal hacia el centro en uno de los nudos de tránsito más calientes de Buenos Aires? ¿Alguien se ha dado cuenta de que si las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo hicieran algo proporcional prácticamente media ciudad quedaría convertida en un cenotafio?

¿Por qué no se ha traído al análisis de causas y factores la conducta de las víctimas, como se haría en el caso de que un automovilista cruce un paso a nivel con barreras bajas y alarma encendida y resulte atropellado por el tren?

¿Por qué la sociedad no sólo no ha aprendido nada de Cromañón – las aglomeraciones cuasi suicidas siguen ocurriendo en boliches y en estadios, los violentos barrabravas siguen siendo glorificados, la pirotecnia peligrosa sigue usándose sin control, el alcohol sigue repartiéndose a manos llenas y consumiéndose sin medida, - sino que prefiere la confrontación rabiosa y la demonización recíproca antes que la verdad?

La impronta del palurdo

El verdadero asunto: La imbecilidad social

Si bien en los diccionarios médicos - y también en los otros - la primera acepción para el término "idiocia" es algo similar a "forma extrema de deficiencia mental, con un CI inferior a 25 en la que el sujeto es incapaz de hablar e incluso de valerse por sí mismo", con variantes como "con la capacidad mental de un niño no mayor de dos años" y descripciones análogas, también en los mismos textos aparece la noción de "idiota moral", como "sujeto incapaz de discernir la naturaleza moral de sus actos".

Esta última derivación representa algún alivio frente a tanta taxonomía nosológica, tanto encasillamiento descriptivo. Aún así no nos dice demasiado acerca del idiota social, ese sujeto cuya deficiencia no afecta - bueno, no visiblemente, no de un modo mensurable a través de una evaluación de coeficiente intelectual - el ámbito de lo cognitivo, sino el de lo socio-afectivo, aquello que implica responsabilidad para los otros sujetos y el espacio que con ellos comparte. Personalmente estoy convencido de que lo cognitivo y lo social son inseparables, pero no vengo aquí a discutir con los diccionarios médicos sino con algunos equívocos que aún persisten en torno de a qué clase de personas llamamos palurdos, pelotudos o imbéciles en la vida cotidiana.

Este borrador podría llegar a constituir el prólogo de mi libro "La impronta del palurdo", un ensayo o tesina sobre la imbecilidad social que vengo reescribiendo desde hace más de una década y que, muy probablemente, nunca llegue a la imprenta.

Aún así, lo publico con la expectativa de que genere, si no un debate exhaustivo, al menos un mínimo de acuerdos de sentido, de ajustes globales de lenguaje que, en conversaciones posteriores, nos permita evitar circunloquios acerca de si le estamos llamando "idiota" a un deficiente mental o, más bien, a un concienzudo ejecutor y promotor de incivilidades varias; un reverendo pelotudo, en otras palabras.

Como transcribo más arriba, la noción de "idiotez moral" es insuficiente, en tanto describe a un sujeto incapaz de discernir. El sujeto del que me ocupo aquí - al tiempo a que los invito a ustedes para que se ocupen también - sí escapaz de discernir entre lo valioso y lo disvalioso, entre lo prudente y lo peligroso, pero no lo hace porque le importa tres carajos, o porque nadie alrededor se lo reprocha, o porque obtiene beneficios mayores que los riesgos, o por todo eso a la vez.

"El boludo - describía hace veinte años un crítico de cine francés cuyo nombre no recuerdo - es capaz de leer y discutir a Kierkegaard en su idioma original, pero se niega a cederle el asiento a una viejita en el subte".

Lengua y habla. El boludo a través de la geografía humana

En el Río de la Plata lo llamamos boludo, pelotudo o forro.
En Chile, weón.
En México y el Caribe, pendejo.
En España, gilipollas o capullo; también pringao.
En Italia: coglione.
En Francia: con.
En Estados Unidos: asshole o, eventualmente, fucking moron (idiota de mierda)
En Gran Bretaña: dickhead (cabeza de verga)
En Alemán: arschloch (equivalente al inglés asshole, o agujero del culo)
En idish: Schmuck, también pronunciado schmeck, o a veces Potz (pija, pero también boludo, una paradoja en criollo pero una semejanza con el inglés británico)

(Invariablemente en todos los casos y en cada una de esas colectividades, el "boludo" o sus equivalentes idiomáticos puede usarse entre amigos redefinido de un modo afectuoso o "meaningless", lo mismo que "hijo de puta", que incluso es una expresión elogiosa o admirativa en ciertos contextos. Aclaración necesaria para que no nos distraigamos del asunto principal)


¿Son idénticos los significados de estas palabras? Desde luego que no. No es como decir ojo-eye-oeil-ochio, o leñador-bucheron, o piedra-stone. No, son adjetivos, casi en todos los casos neologismos o bien resemantizaciones.

Pero tienen al menos dos cosas en común, tan en común que deberíamos asumirlas como rasgos identitarios.

En primer lugar, refieren en todos los casos, en forma directa o derivada, a los genitales masculinos, especialmente a los testículos. Raro; en el mismo lugar en el que se deposita simbólicamente el coraje, se instituye también la estupidez. Pero eso puede ser tema para otro libro, por el momento.

En segundo lugar - last but not least - los hablantes de todos los países y lenguas enunciados arriba, y todos los que se incluyen de un modo tácito, piensan en el mismo sujeto cuando lo califican como puñetero, con o schmeck: No en un minusválido mental sino un antisocial autoválido.

¿Dónde está el palurdo?

El boludo, el imbécil social, deja su marca en todas las interacciones humanas. Y la mayoría de las veces es exitoso en su cometido. Y sale impune. Y obtiene beneficios.

Esto hace que algunas personas inteligentes y solidarias opinen "No, no es un pelotudo. Es un vivo y un hijueputa, pero de boludo no tiene nada". Muy pocas veces esta discriminación es correcta. En la mayoría de los casos es producto de aglutinar en una misma idea - quizás involuntariamente - la definición médica clásica de idiota con la noción ético-social que estamos intentando configurar aquí.

El palurdo conduce violando las normas de tránsito y poniendo en riesgo a los demás, ensucia las veredas con envoltorios de golosinas, fuma en las estaciones de servicio, empuja desconsideramente en los transportes y en las gradas, educa a sus hijos para que saquen ventaja por los medios más mezquinos, envía cadenas de email, se mete en debates sobre los que no entiende nada, soborna y recibe sobornos porque según él todo el mundo lo hace, pretende hacer pasar por arte una película pochoclera o un gato sentado en una mesa, no cree en la política pero cree en la charlatanería de quiosco, escribe con los pies y se cree periodista, receta fármacos innecesarios a cambio de un viaje al Caribe... Cada uno de estos casos-paradigma son posibles capítulos del ensayo; algunos se pueden subsumir con otros. Nunca entrarán todos en un único volumen.

Pero convengamos en que estos sujetos no son vivos. Son boludos e hijueputas al mismo tiempo.

Permítanme expresar una convicción moral, que no tiene nada de certeza, y que someto a falsación, refutación y corrección.

Me resisto a creer que haya algo de sabiduría en la maldad.

Redes 2.0. El ágora ya no es la plaza.

El ágora es el espacio de lo privado-público. A diferencia de la "ecclesia", que para los griegos representaba lo puramente público, y del "oicos", el hogar, el ágora - originalmente la plaza del mercado - constituye el ámbito del diálogo social, el punto de encuentro en el que se ejercita y se construye la ciudadanía.

Quizás el ágora sea, en la modernidad avanzada, el más paradojal y contradictorio de los experimentos humanos. Al mismo tiempo transparente hasta la obscenidad y opaco hasta la más negra de las soledades, el ágora contemporánea alega promover lo colectivo pero confirma y profundiza el individualismo más cerril y desasosegado.

Del intercambio múltiple, del diálogo, del debate de ideas y pasiones, sólo parece mantenerse en pie como actividad social primaria el consumo. Consumo de bienes y servicios, pero también de vínculos, relaciones y sensaciones, casi siempre superfluos y desechables.

Como los medios de comunicación tomados en su prosaica dimensión de herramientas o soportes, las redes sociales son también porciones de la "plaza". Como su nombre lo indica, son plataformas vacías; sólo el tránsito de lo humano les otorga sentidos y significados.

Pero, a diferencia de los medios, las redes carecen en principio de "dueños" que les impriman una representación de ideologías e intereses. Aparecen como más horizontales e igualitarias. Heterárquicas. Si en esa horizontalidad de relaciones simétricas y carentes de "centro" o de núcleos de decisión reside su valor de oportunidad, entonces una buena pregunta sería de qué modo los usuarios se valen de esa oportunidad.

Muchos de esos usuarios se vienen mostrando capaces de sumarse a la creación de sentidos colectivos. Primero, por afinidades electivas. Más tarde, por la promoción de debates que en los medios clásicos suelen tener un epacio marginal.

Al mismo tiempo, otros usuarios no hacen otra cosa que repetir y amplificar su desespero, creyendo tal vez que una suma infinita de soledades genera un colectivo nuevo o un espacio de cambio. Ambos formatos, y la mezcla de ellos, le van dando a la red un colorido múltiple y contradictorio, donde aún domina el intercambio "crudo", sin elaboración, como si en cada espacio de Facebook , Myspace, Twitter u otra red se replicara la inconclusa discusión en una esquina o en un taxi: Una serie de afirmaciones yuxtapuestas e inconexas. Desde luego, no es éste un problema primario de las redes, sino que las redes se hacen eco de la calidad real de nuestro diálogo social.

En Facebook y sus análogos "hay de todo" del mismo modo como en la sociedad "hay de todo". Lo que no hay en Facebook, lo sabemos bien, son los millones de seres humanos excluidos, que no sólo carecen de computadora y conexión a internet, sino también de techo, comida y vacunas.

Pensar las redes sociales es una muy interesante propuesta de laboratorio. Usar las redes para pensar podría ser un desafío práctico aún más interesante. Pensar, especialmente, qué podemos hacer para recuperar ciudadanía, algo que tenemos en común nosotros, los más afortunados, con los otros, los más desposeídos: Todos estamos privados de ciudadanía en algún grado.

No es posible pensar una gesta liberadora o, como diría Morin, "una política del hombre", por fuera de las nuevas herramientas de comunicación e interconexión, y efectivamente las redes ya han demostrado su capacidad de movilización.

Lo que, a mi juicio, sigue pendiente de debate son los modos discursivos que posibiliten el salto de calidad, de una mera yuxtaposición de afirmaciones intuitivas a una elaboración de diagnósticos, propuestas y también modelos de intervención (que es la palabra que mejor define la acción)

La red 2.0 puede ser una herramienta portentosa, siempre y cuando seamos extremadamente críticos con ella., para prevenir que se convierta en la versión web de Big Brother. Y ése es un lugar donde no quiero estar.

11/9 La vuelta de una tuerca sin fin

Quise desarchivar esto que escribí la misma tarde del 11 de septiembre de 2001, y que luego fue publicado en un par de revistas de España y varios blogs en distintos lugares. No sabía entonces el carácter anticipatorio que tenían algunas de las ideas que esbocé en ese artículo.



MORIR MATANDO, UNA OPCION QUE AMENAZA NUESTRA VIDA Y DESMORONA NUESTRA LOGICA

"...el futuro de la especie será inviable mientras la mitad de la humanidad sólo pueda elegir entre diferentes formas de morir"



Los sentimientos de horror, estupor e indignación por los ataques a Nueva York y al Pentágono se tornan de algún modo inefables, de casi imposible descripción mediante la palabra. 

Al mismo tiempo, muchos de los adjetivos susceptibles de emplear para calificar el múltiple atentado sobran; especialmente aquéllos que remiten a nociones como insensatez o demencia. Porque, aún dentro de la angustia y el duelo, es imperativo tomar conciencia de que esta barbarie sí tiene un sentido, una racionalidad propia y un sistema de valores, intereses y representaciones que la construyen y sustentan.

El problema es que la mayoría de los modelos mentales que soportan la racionalidad de la cultura democrática moderna – preferimos no usar el término occidental por demasiado equívoco – son ineficaces para aprehender ese sentido: La falla de los sistemas de seguridad preventivos no sería, en este caso, tecnológica, sino más bien la consecuencia de nuestra imposibilidad de prever conductas regidas por otros códigos, por un discurso moral impenetrable, para el cual la destrucción y la muerte –especialmente de víctimas civiles no beligerantes – no aparecería como un acto punitivo sino, tal vez, como "un camino hacia el Bien".

Excede nuestro interés y nuestra idoneidad interpretar el Islam; en cambio, proponemos interrogarnos acerca de cómo 
dentro del Islam, en el último medio siglo, los excluidos y desheredados del mundo fueron conducidos a la construcción de un sentido de presunta redención. 

Cómo y cuándo los valores de la modernidad – libertad, igualdad, fraternidad – pasaron de no tener ningún sentido a tener el peor de ellos, es decir, aparecer como causa maldita del propio sufrimiento.

Cómo y cuándo los déspotas que expoliaron por siglos a sus súbditos, subordinándolos a una doble moral para construir poder y fortuna, urdieron la trama que transformó la obediencia en odio hacia los valores y emblemas de la sociedad abierta, es decir, hacia un enemigo externo, metropolitano, burgués y preferentemente blanco.

Cuánta responsabilidad tienen los líderes de esta sociedad, muchos de los cuales hoy se desgarran las vestiduras en nombre de la libertad y la democracia, por haber tolerado, fomentado y provocado que la mitad de la humanidad resultase empujada, por generaciones, muy lejos de la libertad y de la democracia.

El doctor Frankestein de esta horrible pesadilla tiene muchos rostros. No sólo el de Osama Bin Laden, el poderoso mercader de la Jihad que parece creer menos en la Guerra Santa que en sus mucho más prosaicos beneficios. No sólo el de los líderes israelíes que, en 1967, después de asestarle un durísimo golpe al delirio expansionista de Nasser, no supieron avizorar la oportunidad de retirarse a sus fronteras originales, para actuar como los promotores del desarrollo de sus vecinos y no como los gendarmes de occidente, como bien pensaba el asesinado Rabin. 

Están también los rostros secretos de la industria bélica, el negocio más poderoso del mundo, y los de sus nuevos socios del narcotráfico, el lavado de dinero y el tráfico electrónico de finanzas espurias.

La furia de los desheredados, elevada a la jerarquía de supuesto fuego sagrado, provee la lógica interna de la criminalidad terrorista: Su logística, sus comandos suicidas, su absoluto desapego a toda noción de respeto o misericordia por los inocentes, su saña expresamente dirigida a causar el mayor daño posible en el punto de mayor dolor. 

Pero no alcanza para entender el rol estratégico del terrorismo, la trama de intereses complejos y contradictorios a la cual son funcionales el odio y el fanatismo.

Nos excede también descifrar esa estrategia, pero no podemos negar su existencia. Los que ejecutaron la masacre muy probablemente la concibieron como un acto de venganza y purificación, un camino para encontrarse rápidamente en gracia con Alá. Pero los autores mediatos no planearon la matanza del 11 de septiembre como un fin en sí mismo, sino seguramente como un acto provocador de reacciones múltiples, variadas y combinables.

¿Cuántas y cuáles de esas reacciones nuestra racionalidad supuestamente avanzada permite concebir y legitimar? ¿Se trata de bombardear Kabul hasta reducirla a una playa de estacionamiento? ¿De expulsar a todos los musulmanes de Estados Unidos, o “internarlos” como se hizo en 1942 con los japoneses? ¿Incinerarlos en sus ciudades, como se hizo en 1945 en Hiroshima, cuyos 50 mil inmolados también eran civiles no beligerantes? 

¿O se trata de abandonar los beneficios de la sociedad abierta y establecer el estado de sitio perpetuo, la república policial invulnerable? ¿Nos produce envidia, acaso, que la libertad aparezca más frágil que la tiranía, que resulte más fácil bombardear Nueva York que Bagdad? ¿Nos sentiríamos más seguros si cada pieza de nuestro equipaje y vestimenta fuera minuciosamente escrutada en cada aeropuerto del mundo durante el resto de nuestras vidas? 

Y, por último pero no menos importante, ¿quiénes serán los tributarios de los pingües beneficios de la nueva guerra, ya sea ésta una confrontación expresa en el campo de batalla o el desenfreno por producir mayores y más sofisticados escudos de protección, requisa y alerta?

La supuesta custodia de nuestros bienes materiales y espirituales contra la “codicia” de los desheredados no sólo es cada vez más cara sino crecientemente ineficaz: Su punto de quiebre opera cuando el costo de la seguridad resulta mayor que el del patrimonio custodiado o, en otro plano, cuando el costo de la guerra es mayor que el valor material y estratégico del territorio en disputa, como ocurrió durante cuatro décadas en Africa, Indochina y otros puntos del globo. 

Mantener la concentración de los beneficios no es sólo inicuo, sino también suicida. Sabiamente, Leah Rabin dijo que el camino hacia la paz con los palestinos debía construirse con hospitales, escuelas y oportunidades que igualaran los niveles de vida entre los vecinos de uno y otro lado de la frontera.

Perseguir y neutralizar a los terroristas es una tarea por sí sola de enorme complejidad, que exige profundos cambios de visión para intentar decodificar lo que ocurre en la cabeza, no sólo de los líderes, sino también de sus socios e inversores ocasionales y, muy especialmente, de los hoy millares de hombres y mujeres cooptados por la furia redentora. Los controles aeroportuarios, los satélites espías y las expediciones punitivas sólo tienen un sentido táctico, o incluso ninguno, salvo para los proveedores de insumos.

Pero nada de esto alcanza, como no alcanzan la solidaridad activa con las víctimas ni la necesaria unidad internacional para enfrentar el flagelo terrorista; el futuro de la especie será inviable mientras la mitad de la humanidad sólo pueda elegir entre diferentes formas de morir. 

El peligro de que cada vez más personas elijan morir matando está resultando demasiado grande para nuestra pobre imaginación lineal y reactiva.

El futbolismo patológico, el general Santander y otros negocios redondos

1. Declaración preliminar

El fútbol es casi seguramente el más bello deporte de conjunto, el mejor espectáculo posible en una cancha y una pasión que atraviesa sin fronteras las naciones, las clases y los credos.

También es de una singularidad inusual.

Es un juego complejo; piensen solamente que un resultado promedio en fútbol anda entre los 0 y los 5 tantos por partido, mientras en el básquet – bellísimo también – se pueden marcar 170 puntos, lo que habla de la dificultad para llegar a la meta y abatirla. Es cierto que el fútbol tiene arquero o guardavalla o portero, pero también lo tienen las distintas variantes del hockey, el fútbol australiano y otros, pero sólo en el fútbol un partido con un resultado 1 a 0 puede ser una gloria llena de suspenso y adrenalina.

Es complejo asimismo por la antinatural exigencia física: La pelota se conduce con los pies y corriendo.

Pero es también, y al mismo tiempo, el único deporte complejo que puede jugar cualquiera, en cualquier espacio, con cualquier número de jugadores y usando cualquier objeto redondo. El fútbol se puede jugar en la vereda con un bollo de papel, con suéteres doblados en el suelo marcando los arcos.

Claro que no cualquiera llega a ser una estrella mundial de fútbol, pero lo curioso es que no requiere más talento que para ser músico, neurocirujano o astronauta, sino bastante menos.

Quien esto escribe tiene los pies redondos, como dicen en el barrio. Nunca cazó un fulbo, como dicen también. Paso a primera persona, porque la retórica de la tercera se la dejo a los jugadores, expertos en hablar de sí mismos como si fueran otro tipo. Nunca cacé un fulbo. Para mí correr con una pelota entre los pies es un milagro, lo que me inspira un alto respeto hacia quienes lo hacen con tanta naturalidad, respeto que no confundo con idolatría. Bueno, no siempre; me he babeado viendo jugar a Pelé y a Bochini, a veces a Maradona – aunque no lo quiero nada – y últimamente a Messi, que no termina de caerme bien, aunque eso a ustedes no tiene por qué importarles.

De adolescente incursioné brevemente en el rugby, por una sola razón: la pelota se lleva con la mano. Era lo único que me importaba. Era alto y me ponían de segunda línea. De grande, como no me gusta correr, me enamoré del golf – quizás el más bello de los deportes individuales - aunque nunca jugué bien. También me entusiasmé mucho, durante más tiempo, con el kung fu, pero eso no es un deporte, como bien decía el Maestro Chen.

Volvamos al fútbol. No sé jugar pero sé mirar. La mayoría de los futboladictos piensan que esto no es posible. Si tuvieran razón, debería saber tocar el piano para diferenciar a un Baremboim de un Gelber, o a un Oscar Peterson de un Príncipe Kalender, pongamos. O debería saber pintar para diferenciar un Picasso de un Greco o un Dégas, o a éstos de una supuesta “instalación” consistente en un gato trepado a una mesa.

Porque sé mirar, me animo a decir que el fútbol de hoy no me gusta una mierda. Veinte jugadores marcándose en cuatro metros cuadrados más que fútbol parece una cinchada. Pero eso no ocurre porque no sepan jugar – como dije más arriba, cualquiera que no sea un tronco como yo sabe jugar al fútbol – sino porque hay demasiado dinero involucrado. Saben jugar pero no “juegan” en el sentido estricto del término; se marcan, se matan, se desesperan, hay miles y millones de pesos haciendo presión.

Pasa también en el tenis, vieron? Por eso abusan de la “doble falta”. Para ajusticiar el contrario con “aces”. En la primera, apuntan; en la segunda matan. En las dos, gritan como si les arrancaran pelo púbico con una tenaza. No juegan. No hay voleas. Hay ejecuciones. Hay demasiada plata. Inventaron la cancha rápida, las raquetas tamaño Airbus; un juego de fuerza y velocidad. Hay que hacerse millonario en cinco o siete años o morir en el intento.

Pero no nos vayamos por los encordados.

Nadie
juega al fútbol. Solamente los brasileros juegan. Por plata o sin ella, ganando o perdiendo, juegan. Bailan. Se hamacan. Dan siempre un espectáculo. Por eso yo hincho por Brasil cuando quedamos afuera en los mundiales. Por ejemplo, en el mundial de Francia. Estaba rodeado de energúmenos que en la final hinchaban por Francia, porque Brasil era nuestro rival ¿Francia? ¿Desde cuando nos gusta el fútbol francés?, exclamaba yo. Bueno, pero yo soy un tipo raro. Soy hincha de Independiente, saben, pero no quiero que Racing se vaya al descenso. Y cuando Racing le ganó la Copa del Mundo al Celtic de Escocia celebré a los gritos; no hinchaba por los lejanos escoceses sino por los primos de Avellaneda. Así soy yo, por eso me dicen que no entiendo nada de fútbol.

Será por eso que no entiendo, tampoco, por qué carajo en un deporte que involucra millones de dólares, en una industria de contratos, transferencias, sponsors, televisación que mueve un volumen de negocios incalculable, los clubes están fundidos y en la Argentina de hoy no se puede iniciar el campeonato. Una empresa monopólica, con un enorme edificio propio entre las Catalinas y Puerto Madero, controla el espectáculo del fútbol y del periodismo deportivo - sí del espectáculo del periodismo deportivo, no del periodismo deportivo en general, aunque casi, se entiende - y factura billones, pero los clubes están fundidos.

Lo que me lleva a la segunda cuestión del título: El general Santander.

2. Los libertadores de América: San Martín, O’Higgins, Bolívar y Toyota.

El chiste no es mío sino del humorista gráfico Caloi. Hace unos años, cuando la Copa Libertadores de América cambió su patriótico nombre por el de Copa Toyota Libertadores, su personaje Clemente del diario Clarín de Buenos Aires preguntó: “Quién fue el general Toyota”.

Claro, eso pasa únicamente en nuestro desdichado subcontinente, reino de las desigualdades.

Veamos. El patrocinio privado del arte, el espectáculo y el deporte es bienvenido. Sin Coca Cola, una entrada para ver a los Rolling Stones podría costar 1.000 dólares. Pero no por eso la gira del grupo se llama “The Coca Cola Stones Tour”. Hay un límite; se compra el auspicio, no se compra el nombre propio; no se privatiza una institución cultural.

Tampoco es probable que un día visitemos París y nos encontremos con la “Tour Citroên Eiffel” o la iglesia de “Notre Dame de Peugeot”.

O que el British Museum pase a llamarse “British Lloyds Museum”. Ni la estatua de la Libertad pasaría a llamarse “The Liberty Manhattan Bank Statue”.

De hecho, la copa mundial de fútbol no se ha llamado, hasta ahora, Mater Card ni Quilmes ni Cinzano. El torneo de golf de Augusta se sigue llamando de Augusta, y la Copa Dunhill, bueno, fue creada ex profeso por Dunhill, no se la compraron a la Federación de Escocia.

Pero aquí no. Aquí, pese a los cientos de millones de dólares en juego, las asociaciones de fútbol, y lo clubes mismos, están tan fundidos que veden hasta los azulejos de los vestuarios. Y la Copa se llamó ayer Toyota, como el gigante automotor japonés, y hoy se llama Santander, como el gigante financiero español. El general Santander les ganó la guerra de la Independencia, 200 años después, a los Libertadores.

Los clubes están fundidos.

Pero hay cinco o seis listas peleando por la conducción del Club River Plate de Argentina. Y están gastando en la campaña casi tanta plata como en una campaña política nacional ¡Epa! ¡Qué generosos! ¿Todo ese esfuerzo por una tarea árida, sacrificada y ad honorem? Hmmm....Y en medio de ese derroche obsceno – miren las carteleras de Buenos Aires, si no me creen – el campeonato de mitad de año no puede empezar porque se les adeudan sueldos a los jugadores.

3. Cincuenta millones de dosis de rehidratación oral por mes (o más o menos)

La Pulga Messi va a cobrar en el Barza un millón de euros por mes. El Barza no está fundido y puede pagarlo. Si yo fuera español, el Barza sería el club de mis amores y me gustaría que Messi siguiera jugando allí, joder!

Pero hay algo inmoral en todo esto. Quiero decir, no es individualmente inmoral que Messi cobre ese despropósito; finalmente es un ídolo del fútbol y hay muchos que pagan muchísimo dinero y uno pocos que ganan muchísimo dinero –más que Messi, sí – con el negocio del fútbol. Lo inmoral aquí es más difuso. Hay muchas cosas que necesitan dinero y se dejan de hacer por falta de dinero; ergo, pagarle a un jugador de fútbol por mover las patas dos horas por semana el equivalente a 1.200 viviendas económicas por año es un despilfarro inmoral.

Sí, sí, la guerra es más cara. Muchísimo más. Pero ya sabíamos que la guerra es inmoral. No hay razón que legitime esa comparación. A menos que – como algunos piensan – el deporte se haya convertido en una prolongación de la guerra por otros medios.

Debe serlo, porque ahora los generales se llaman Gillete, Santander, Toyota y – en cualquier momento – Pfizer y Roche. Debe serlo, porque los altos mandos juegan al ajedrez mientras los soldados ponen el cuerpo. Y los giles, la plata de las entradas para que los matones, los "barras" cobardes mal llamados “barrabravas”, subsidiados por los altos mandos, nos rompan el cráneo mientras miramos el partido.